El poder de agradecer.

Por: Licda. Ireni Arvelis Sierra Pérez.
Agradecer es un acto sencillo, pero profundamente transformador. Sin embargo, en la práctica cotidiana, es una de las virtudes menos ejercidas por el ser humano. Vivimos en una sociedad donde recibir parece natural, pero reconocer y agradecer se vuelve, muchas veces, un acto olvidado. Esta realidad no es nueva; tiene raíces profundas en la historia humana y encuentra un claro reflejo en uno de los pasajes más significativos del Evangelio.
El texto bíblico narra cómo Jesús sanó a diez leprosos (Lucas 17, 11-19). Todos recibieron la misma gracia, la misma sanación, el mismo milagro. No obstante, solo uno regresó para dar gracias. Jesús, con una pregunta que interpela hasta hoy, dijo: “¿No fueron diez los sanados? ¿Dónde están los otros nueve?” Este pasaje revela una verdad incómoda, que ser agradecido no siempre acompaña al beneficio recibido.
El leproso que volvió no solo fue sanado físicamente, sino también espiritualmente. Su gratitud lo llevó a un encuentro más profundo con Jesús. Agradecer lo transformó. Los otros, aunque sanos, siguieron su camino sin detenerse a reconocer el amor que habían recibido. Este comportamiento refleja la manera del ser humano de dar por sentado el bien recibido, asumir que el otro “tenía que hacerlo”, o simplemente seguir adelante sin mirar atrás.
Esta actitud se repite con frecuencia en nuestros espacios laborales y sociales. En el trabajo, ¿cuántas veces alguien ofrece apoyo, tiempo, orientación o servicio sin recibir siquiera un “gracias”? En el servicio social, muchas acciones solidarias pasan desapercibidas, y quienes las realizan pueden llegar a sentirse usados o desvalorizados. Esto confirma que, por naturaleza, el ser humano tiende más a exigir que a agradecer.
Sin embargo, el verdadero valor del servicio no debe depender del reconocimiento externo. Cuando servimos esperando aplausos, corremos el riesgo de dañar nuestra paz interior. Por el contrario, cuando actuamos por amor, por convicción y coherencia personal, el servicio se convierte en una fuente de plenitud, no de frustración.
Hacer el bien sin esperar nada a cambio no significa resignarse a la ingratitud, sino proteger el equilibrio emocional y espiritual. Significa comprender que el acto de servir ya es una recompensa en sí mismo. El agradecimiento que realmente debe importar es el que nace de estar bien con nosotros mismos, de saber que actuamos correctamente, aunque otros no lo reconozcan.



